martes, 15 de octubre de 2019

ESPAÑA; UN ESTADO FALLIDO.




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En un esfuerzo por informarme, ya que los medios de comunicación españoles, en su gran mayoría, son casas de apuestas a la ideología única que cada vez gana más espectro social gracias a los intereses de una mala entendida globalización, he leído la parte dispositiva de la sentencia del proceso de autodeterminación de Cataluña, tan temida por unos y tan esperada por otros. La primera sensación que me llevo es una brutal decepción y un saber más que, a pesar de que la vida me lo decía, no quería aceptar. España está al borde de ser un Estado fallido y hoy han dado un paso más hacia el abismo de la anarquía, hacia la ruptura de la convivencia civil, y han abierto la puerta al incumplimiento de las leyes fundamentales de un Estado de Derecho.
La sorpresa de este individuo se encendía al leer que todo lo enjuiciado es producto de una ensoñación, de una quimera, de un sueño, de un delirio de unos señores que sabían que lo que estaban haciendo no era posible. El individuo que escribe estas líneas se acuerda de lo que pasó en la Consejería de Hacienda de Barcelona a finales de septiembre de 2017, vio el uno de octubre el teatro, o más bien la farsa de votación que hubo en Cataluña, luego vivió una sesión en el Parlamento Catalán proclamando la República Catalana, aunque fuera por siete segundos y días más tarde leyó publicado en el Boletín Catalán las primeras leyes que incidían en la desconexión con el Reino de España para implantar dicha República. Todos estos hechos y las consecuencias que conllevaron, por ejemplo el cierre de empresas, la salida de las sedes bancarias y más, son producto de una ensoñación de los dirigentes hoy condenados. Es decir. Los “Jordis” con megáfono en voz, arengando a las masas, la turba votando dos o tres veces, llenado urnas como sacas de correos, la policía intentando cumplir lo que jueces les mandó, viendo al entonces Presidente de la autonomía Catalana proclamando la República, las gentes que se han quedado sin trabajo, o las que han tenido que irse porque su empresa decidió salir allí, son producto de una ensoñación, de una dormilona de siesta de todos los españoles. Pues no, señores magistrados del Tribunal Supremo de España. Lo que ustedes han juzgado es un golpe de Estado en toda regla y al parecer son ustedes, señores magistrados los que han estado durmiendo o ensoñando su sentencia.
Otra cosa llamativa de la sentencia de hoy, es la justificación de la ausencia de violencia. ¡Claro!. Si la violencia, mejor dicho, si la idea de violencia que los señores magistrados quieren probar es decimonónica, pues quizá no la hubo. Un bofetón en el siglo XIX y hasta hace pocos años, no se consideraba violencia y sin embargo hoy si lo es y, por cierto, bastante perseguida según quién dé el bofetón. Aquí la sentencia, para mí, se aleja del sentido común, aunque quizá sea perfecta jurídicamente. Me voy a permitir un desahogo: si la justicia se aleja del sentido común jamás será justa. La sentencia del proceso catalán es injusta y, para este individuo, cobarde y muy contaminada por futuras conductas políticas. Sólo hace falta ver los testimonios de los comunistas que parecían dar el pésame a un amigo, mientras llenaban la boca de la institución del Tribunal Supremo y por ende, del Estado Español, con su beso de cicuta.



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Como sigamos por el camino del buenísmo, pervirtiendo el lenguaje de tal manera que no demos el significado a cada palabra, lo que cada una de ellas dice, a secas, sin más interpretaciones y no nos tomemos en serio todo lo que un Estado de Derecho debe hacer para la defensa de sí mismo y, en consecuencia, de sus ciudadanos, pronto estaremos tirándonos de los pelos por lo que hemos perdido. Hay que pedir a los dirigentes políticos que tomen de una puñetera vez el rumbo de una España que está a punto de la ruina, con las clases medias destruidas, con diecisiete mercados diferentes, con sus competencias centrifugadas, con millones de leyes pero sin orden, con sobredosis de entes y de personas viviendo del cuento, con obesidad estatal, con demasiadas puertas abiertas que en más tiempos jamás podrán cerrarse. Los españoles somos el centro, el corazón de España y no sus presentes o futuros partidistas, o sus memorias ególatras para la historia. Basta ya de mentiras. Tomen a los individuos de esta gran nación, que aún se llama España, de forma seria, muy seria. Si los españoles queremos salir del agujero vacío en el que ustedes nos han metido, aceptando que los mismos españoles hemos tenido muchos errores, tenemos que decidir, de una vez, qué queremos ser como pueblo y qué Estado queremos, A ver qué hacemos el próximo día diez de noviembre. Luego las quejas nos las tendremos que lamer durante mucho, mucho tiempo.

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