En un esfuerzo por informarme,
ya que los medios de comunicación españoles, en su gran mayoría, son casas de
apuestas a la ideología única que cada vez gana más espectro social gracias a
los intereses de una mala entendida globalización, he leído la parte dispositiva de la sentencia del proceso de autodeterminación de Cataluña, tan temida por unos y tan esperada por otros. La primera sensación que me
llevo es una brutal decepción y un saber más que, a pesar de que la vida me lo
decía, no quería aceptar. España está al borde de ser un Estado fallido y hoy
han dado un paso más hacia el abismo de la anarquía, hacia la ruptura de la
convivencia civil, y han abierto la puerta al incumplimiento de las leyes
fundamentales de un Estado de Derecho.
La sorpresa de este individuo
se encendía al leer que todo lo enjuiciado es producto de una ensoñación, de
una quimera, de un sueño, de un delirio de unos señores que sabían que lo que
estaban haciendo no era posible. El individuo que escribe estas líneas se
acuerda de lo que pasó en la Consejería de Hacienda de Barcelona a finales de
septiembre de 2017, vio el uno de octubre el teatro, o más bien la farsa de
votación que hubo en Cataluña, luego vivió una sesión en el Parlamento Catalán
proclamando la República Catalana, aunque fuera por siete segundos y días más
tarde leyó publicado en el Boletín Catalán las primeras leyes que incidían en la
desconexión con el Reino de España para implantar dicha República. Todos estos
hechos y las consecuencias que conllevaron, por ejemplo el cierre de empresas,
la salida de las sedes bancarias y más, son producto de una ensoñación de los
dirigentes hoy condenados. Es decir. Los “Jordis” con megáfono en voz,
arengando a las masas, la turba votando dos o tres veces, llenado urnas como
sacas de correos, la policía intentando cumplir lo que jueces les mandó, viendo al
entonces Presidente de la autonomía Catalana proclamando la República, las
gentes que se han quedado sin trabajo, o las que han tenido que irse porque su
empresa decidió salir allí, son producto de una ensoñación, de una dormilona de siesta de todos los españoles. Pues no, señores magistrados del Tribunal Supremo de España. Lo que ustedes han juzgado es un golpe de Estado en toda regla y al parecer son ustedes, señores magistrados los que han estado durmiendo o ensoñando su sentencia.
Otra cosa llamativa de la
sentencia de hoy, es la justificación de la ausencia de violencia. ¡Claro!. Si
la violencia, mejor dicho, si la idea de violencia que los señores magistrados
quieren probar es decimonónica, pues quizá no la hubo. Un bofetón en el siglo
XIX y hasta hace pocos años, no se consideraba violencia y sin embargo hoy si lo es y, por cierto, bastante perseguida según quién dé el bofetón. Aquí la
sentencia, para mí, se aleja del sentido común, aunque quizá sea perfecta
jurídicamente. Me voy a permitir un desahogo: si la justicia se aleja del
sentido común jamás será justa. La sentencia del proceso catalán es injusta y,
para este individuo, cobarde y muy contaminada por futuras conductas políticas.
Sólo hace falta ver los testimonios de los comunistas que parecían dar el
pésame a un amigo, mientras llenaban la boca de la institución del Tribunal
Supremo y por ende, del Estado Español, con su beso de cicuta.
Como sigamos por el camino del
buenísmo, pervirtiendo el lenguaje de tal manera que no demos el significado a
cada palabra, lo que cada una de ellas dice, a secas, sin más interpretaciones
y no nos tomemos en serio todo lo que un Estado de Derecho debe hacer para la defensa de
sí mismo y, en consecuencia, de sus ciudadanos, pronto estaremos tirándonos de
los pelos por lo que hemos perdido. Hay que pedir a los dirigentes políticos que
tomen de una puñetera vez el rumbo de una España que está a punto de la ruina,
con las clases medias destruidas, con diecisiete mercados diferentes, con sus
competencias centrifugadas, con millones de leyes pero sin orden, con
sobredosis de entes y de personas viviendo del cuento, con obesidad estatal,
con demasiadas puertas abiertas que en más tiempos jamás podrán cerrarse. Los españoles somos el centro, el corazón de España y no sus presentes o futuros partidistas, o sus memorias ególatras para la historia. Basta ya de mentiras. Tomen a los individuos de esta gran nación, que aún se llama España, de forma
seria, muy seria. Si los españoles queremos salir del agujero vacío en el que ustedes nos han metido, aceptando que los mismos españoles hemos tenido muchos
errores, tenemos que decidir, de una vez, qué queremos ser como pueblo y qué Estado queremos, A ver qué hacemos el próximo día diez de noviembre. Luego las quejas
nos las tendremos que lamer durante mucho, mucho tiempo.