Los españoles somos un pueblo
que, a través de siglos, hemos resistido a todas las hordas que han invadido
nuestra tierra materna. Hemos sido en gran medida forjadores de la Europa
Humanista, a la que defendimos entre otros del Imperio Otomano, por ejemplo, y
mensajeros de la civilización de las tres colinas – Atenas, Roma, Jerusalén –
en el Nuevo Continente, América, hecho que cambió y modernizó el concepto
social-económico del mundo hasta hoy.
Sin embargo, desde el fatídico
11 de marzo de 2004, España está siendo sometida por una ideología, las más
perversa y asesina en los últimos 150 años, el Comunismo. Y digo está siendo
sometida porque aún tengo alguna esperanza. La esperanza para que levantemos la
cabeza y orgullosos nos unamos, una vez más, y repitamos lo de Las Navas de
Tolosa, lo de Lepanto o lo de El Dos de Mayo. Pero la llama de mi esperanza,
aunque quema, lo hace casi si llama. Tengo dudas de que los españoles sepamos
echar de nuestras casas al Comunismo. No sé si los españoles sabemos luchar
contra tan perversa ideología. Lo digo porque los españoles somos pragmáticos,
impulsivos ante algo que vemos y sentimos que nos hiere como pueblo. ¿Pero
seremos capaces de luchar contra el pensamiento perverso, ruin y asesino que
nos quieren imponer? Tengo mis dudas.
En el proceso que comenzó aquí,
en España, en marzo de 2004, pues las directrices ya fueron dibujadas en 1990
en Sao Paulo, ha encontrado el momento preciso, el ideal, para germinar con
gran primavera y hacer del Estado Español un queso Gruyer y colarse, cuál
mortal virus, para devorar sus entrañas.
Desgraciadamente, la
podredumbre del Comunismo ya está dentro del Estado Español; en el Gobierno,
que evidentemente se palpa, en la Justicia, en el Ejército, en la Policía, en
la Guardia Civil, en la información, en la educación, aspecto éste que es
importantísimo, en asociaciones de empresarios, sindicatos, etc, etc. Si hay
algo que saben los comunistas es infiltrase en toda una sociedad, y aquellos
que lo hacen, más tarde serán los comisarios políticos que echarán su vista de
odio y envidia, sus palabras falsas e incriminadoras sobre aquellos que les dé
la gana, ya sea por sus bienes, su familia o por cualquier cosa que los
verdugos consideren contrarios al Partido, no sabiendo que ellos mismos serán
los próximos en morir bajo la suela de la élite a la que informan.
Mientras los españoles
compramos levadura para hacer pan, este Gobierno está rociando su mortal e
infecta ideología bacteriana para confinarnos, así nos aíslan en átomos de un
solo electrón, nos marean con gente que se aplaude unas a otras como en una
función de teatro, no hablan de guerra contra la pandemia – que no olvidemos
que viene de un Estado Comunista y con el tiempo espero que sepamos si es parte
o no de esa ingeniería social que se
quiere imponer, a la que llaman Globalización -, no muestran las ataúdes de
personas muertas, no hacen luto Nacional, no muestran un ápice de crítica, de
respeto y de humildad. Todo lo contrario. La mentira y la soberbia son las
tintas con las que están escribiendo su relato de exculpación. Mientras los
balcones son tendidos de palmas, mostradores de discoteca, nuestros viejos –
palabra bella – se nos mueren.
Si estamos en un estado de
excepcionalidad, todo debe de ser excepcional. Aquí, en este punto de la
novela, la jilipollez de lo políticamente correcto no tiene cabida. Ya está
bien de pedir lealtad, de echar culpas a una oposición, de escabullirse bajo el
manto de los expertos que aconsejan a este nefasto Gobierno. Por cierto;
¿quiénes son esos expertos? Después de más de cincuenta días, todavía no lo
sabemos. La lealtad no es uniformidad, tragar con ruedas de molino por
capricho. La paciencia de los españoles tiene un límite. Aquí hay que tomar el
timón del barco – de ahí viene gobernar – y exigir cosas. Estos larristas que
ocupan la Moncloa están en su día de la marmota y horas tras hora, más y más
muertos, y la ciudadanía encarcelada en las casas y los test para la semana que
viene. ¿Hace cuántas semanas que repiten y repiten “para la semana que viene”?.
Como dije al principio, ¿sabremos los españoles luchar contra el enemigo del
Comunismo que no se ve a simple vista? ¿O seremos sedados con tantas promesas
de limosnas que no harán otra cosa que tenernos en el abrevadero de su corral?
Todavía hay tiempo, aunque poco. Hay que reaccionar ya. Salir, cumpliendo
normas de seguridad, a los Centros de Salud para exigir test y más test.
Tenemos que quitarnos el miedo y gritar por las ventanas; “queremos test,
queremos test”. Menos aplausos y más enseñar, a gritos, en pancartas, nuestra
libertad de individuo desde dónde estemos. Tenemos que ponernos mano a mano,
hombro con hombro para demostrar que somos libres y que estamos dispuestos a
defenderla uno a uno. Si la perdemos, perderemos esta Nación que nos enorgullece
y que se llama España. Nación y no País, como intentan colarnos los voceros y
escribanos del Gobierno social-comunista.
Hay que ponerse en marcha. Hay
que encontrar la forma para no caer en las redes de esta élite comunista que
una minoría de personas han puesto en el Congreso. Hay volver a levantarse y,
por los cauces que aceptamos en 1978, echarlos de la política, demostrando que
sólo buscan imponer el nuevo Comunismo del siglo XXI y que se llama
Globalización. Hay que retomar el nombre de España como una Nación
independiente y soberana, dentro de los tratados firmados y que debemos
respetar como pueblo con honor. No debemos tragar cicuta en nuestra casa porque
a unos totalitarios, que saben muy bien lo que están haciendo, nos la hagan
beber desde nuestros propios grifos. Aquí ya no hay errores, ya no hay más
equivocaciones. Todo es un plan definido, calculado, y puesto en marcha por la
ideología comunista de forma clamorosa. Dejémonos de filfas y actuemos. Si
pudimos con Almanzor y con Napoleón, ¿no vamos a poder con el dúo Sánchez-
Iglesias para empezar?
Vamos a levantar la cabeza y
seamos merecedores de las generaciones de españoles que nos precedieron.
Sintámonos orgullosos y defendamos nuestra libertad, que será la libertad de
nuestros hijos, de nuestros nietos y quizá del mundo. ¡Covadonga siempre estará
ahí!
