domingo, 26 de abril de 2020

HAY QUE LEVANTAR LA MIRADA.




Los españoles somos un pueblo que, a través de siglos, hemos resistido a todas las hordas que han invadido nuestra tierra materna. Hemos sido en gran medida forjadores de la Europa Humanista, a la que defendimos entre otros del Imperio Otomano, por ejemplo, y mensajeros de la civilización de las tres colinas – Atenas, Roma, Jerusalén – en el Nuevo Continente, América, hecho que cambió y modernizó el concepto social-económico del mundo hasta hoy.
Sin embargo, desde el fatídico 11 de marzo de 2004, España está siendo sometida por una ideología, las más perversa y asesina en los últimos 150 años, el Comunismo. Y digo está siendo sometida porque aún tengo alguna esperanza. La esperanza para que levantemos la cabeza y orgullosos nos unamos, una vez más, y repitamos lo de Las Navas de Tolosa, lo de Lepanto o lo de El Dos de Mayo. Pero la llama de mi esperanza, aunque quema, lo hace casi si llama. Tengo dudas de que los españoles sepamos echar de nuestras casas al Comunismo. No sé si los españoles sabemos luchar contra tan perversa ideología. Lo digo porque los españoles somos pragmáticos, impulsivos ante algo que vemos y sentimos que nos hiere como pueblo. ¿Pero seremos capaces de luchar contra el pensamiento perverso, ruin y asesino que nos quieren imponer? Tengo mis dudas.
En el proceso que comenzó aquí, en España, en marzo de 2004, pues las directrices ya fueron dibujadas en 1990 en Sao Paulo, ha encontrado el momento preciso, el ideal, para germinar con gran primavera y hacer del Estado Español un queso Gruyer y colarse, cuál mortal virus, para devorar sus entrañas.
Desgraciadamente, la podredumbre del Comunismo ya está dentro del Estado Español; en el Gobierno, que evidentemente se palpa, en la Justicia, en el Ejército, en la Policía, en la Guardia Civil, en la información, en la educación, aspecto éste que es importantísimo, en asociaciones de empresarios, sindicatos, etc, etc. Si hay algo que saben los comunistas es infiltrase en toda una sociedad, y aquellos que lo hacen, más tarde serán los comisarios políticos que echarán su vista de odio y envidia, sus palabras falsas e incriminadoras sobre aquellos que les dé la gana, ya sea por sus bienes, su familia o por cualquier cosa que los verdugos consideren contrarios al Partido, no sabiendo que ellos mismos serán los próximos en morir bajo la suela de la élite a la que informan.
Mientras los españoles compramos levadura para hacer pan, este Gobierno está rociando su mortal e infecta ideología bacteriana para confinarnos, así nos aíslan en átomos de un solo electrón, nos marean con gente que se aplaude unas a otras como en una función de teatro, no hablan de guerra contra la pandemia – que no olvidemos que viene de un Estado Comunista y con el tiempo espero que sepamos si es parte o no de esa ingeniería  social que se quiere imponer, a la que llaman Globalización -, no muestran las ataúdes de personas muertas, no hacen luto Nacional, no muestran un ápice de crítica, de respeto y de humildad. Todo lo contrario. La mentira y la soberbia son las tintas con las que están escribiendo su relato de exculpación. Mientras los balcones son tendidos de palmas, mostradores de discoteca, nuestros viejos – palabra bella – se nos mueren.
Si estamos en un estado de excepcionalidad, todo debe de ser excepcional. Aquí, en este punto de la novela, la jilipollez de lo políticamente correcto no tiene cabida. Ya está bien de pedir lealtad, de echar culpas a una oposición, de escabullirse bajo el manto de los expertos que aconsejan a este nefasto Gobierno. Por cierto; ¿quiénes son esos expertos? Después de más de cincuenta días, todavía no lo sabemos. La lealtad no es uniformidad, tragar con ruedas de molino por capricho. La paciencia de los españoles tiene un límite. Aquí hay que tomar el timón del barco – de ahí viene gobernar – y exigir cosas. Estos larristas que ocupan la Moncloa están en su día de la marmota y horas tras hora, más y más muertos, y la ciudadanía encarcelada en las casas y los test para la semana que viene. ¿Hace cuántas semanas que repiten y repiten “para la semana que viene”?. Como dije al principio, ¿sabremos los españoles luchar contra el enemigo del Comunismo que no se ve a simple vista? ¿O seremos sedados con tantas promesas de limosnas que no harán otra cosa que tenernos en el abrevadero de su corral? Todavía hay tiempo, aunque poco. Hay que reaccionar ya. Salir, cumpliendo normas de seguridad, a los Centros de Salud para exigir test y más test. Tenemos que quitarnos el miedo y gritar por las ventanas; “queremos test, queremos test”. Menos aplausos y más enseñar, a gritos, en pancartas, nuestra libertad de individuo desde dónde estemos. Tenemos que ponernos mano a mano, hombro con hombro para demostrar que somos libres y que estamos dispuestos a defenderla uno a uno. Si la perdemos, perderemos esta Nación que nos enorgullece y que se llama España. Nación y no País, como intentan colarnos los voceros y escribanos del Gobierno social-comunista.
Hay que ponerse en marcha. Hay que encontrar la forma para no caer en las redes de esta élite comunista que una minoría de personas han puesto en el Congreso. Hay volver a levantarse y, por los cauces que aceptamos en 1978, echarlos de la política, demostrando que sólo buscan imponer el nuevo Comunismo del siglo XXI y que se llama Globalización. Hay que retomar el nombre de España como una Nación independiente y soberana, dentro de los tratados firmados y que debemos respetar como pueblo con honor. No debemos tragar cicuta en nuestra casa porque a unos totalitarios, que saben muy bien lo que están haciendo, nos la hagan beber desde nuestros propios grifos. Aquí ya no hay errores, ya no hay más equivocaciones. Todo es un plan definido, calculado, y puesto en marcha por la ideología comunista de forma clamorosa. Dejémonos de filfas y actuemos. Si pudimos con Almanzor y con Napoleón, ¿no vamos a poder con el dúo Sánchez- Iglesias para empezar?
Vamos a levantar la cabeza y seamos merecedores de las generaciones de españoles que nos precedieron. Sintámonos orgullosos y defendamos nuestra libertad, que será la libertad de nuestros hijos, de nuestros nietos y quizá del mundo. ¡Covadonga siempre estará ahí!

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