
En un lugar de España, de cuyo nombre sí quiero acordarme, Cataluña, vivía un burgués, de disfraz en ristre, avaricia por montura y mentiras ruines por bandera. A su lado, un escudero de secretos conocidos y habilidades de lazarillo.
Un día, el burgués, desplumó a cientos de miles de personas y puso a buen recaudo los dineros robados lavándolos a un país extranjero, con la idea de borrar su latrocinio. Visto que el hecho fue disimulado por las autoridades y por la justicia, se dijo: "si no me han cogido por lo hecho, me haré autoridad y será más fácil enriquecerme sin apenas riesgo" Poco tiempo después se presentó a unas elecciones y se erigió como representante de sus conciudadanos. Las promesas de bienestar, de prosperidad y del maná nunca visto, fluían de su boca como agua de venero y sus gentes confiaron en él. Se puso la bandera catalana por barretina, la española como calzón y se echó al monte a la caza de ideas, de proyectos que generasen grandes movimientos dinerarios. Y para empezar, los que gobernaban España, le dieron todo un roscón de reyes en forma de olimpiadas. El burgués, al contemplar tan magnífico botín, llamó a su escudero y lo convirtió en su paladín político a condición de que toda obras o negocio que se hiciera en esa parte de España, debían de pagar un peaje. Dicho tributo debía ser repartido entre la organización que más representaba a la burguesía catalana y, claro está, para su bolsillo. Dicho y hecho. Pero para aquellas fechas, el paladín ya había pulido muchas monedas mientras fue escudero y ya tenía su propio bolsillo bien caliente, por lo que pidió más. El burgués, viendo la jugada del paladín y siendo el cabeza de una numerosa familia, pensó que lo mejor para él era que sus propios hijos llevasen la contabilidad de las mordidas y chantajes. Y así lo hizo. Encargó a su primogénito ocultar los cuantiosos dineros y a sus demás hijos crear una maraña de empresas y de líos para que sus conciudadanos no se enterasen que les estaba robando por dos vías; una directamente por hurto. La otra, vía pago de impuestos. Todo iba según el burgués, hasta que su paladín se fue convirtiendo en un vendeburras y la organización se vino abajo. Cambiaron la bandera, se hicieron las víctimas de una agresión sólo enraizada en sus mentes calenturientas, miedosas de la verdad. El paladín se dirigió hasta el fango que durante treinta años habían dado a la juventud catalana. El burgués, ya cansado de tanto peso dinerario en sus bolsillos y de una rara conciencia confesó algo de su robo a los catalanes, disfrazándolo como de costumbre y fue entonces cuando el paladín, ya hecho burgués, se revolcó por el fango como único burladero. Ahora el fango crece por propia iniciativa y da repugnancia y asco ver al nuevo burgués suplicando que le pongan en la boca un poco del propio lodo que él regó durante décadas.
El cuento no ha terminado, pero este individuo piensa que, o las gentes catalanas no comienzan a pedirles el sentido común a sus dirigentes y a sus conciudadanos, rompen de una vez con las ensoñaciones de muchos políticos y no exigen la verdad de las cosas, lo cierto del día a día, el funcionamiento de sus entes autonómicos para su bienestar general, se verán inmersos en una depresión social y económica de la que esos vendeburras serán los primeros en saltar.
Ya lo verán esos mismos catalanes a los que se les ha mentido desde hace más de treinta años, verán cómo han jugado con sus sentimientos y verán cómo esos mismos catalanes perderán empleos, bienestar social, amigos y vida diaria en busca de un porvenir para sus familias.
Los mismos que comenzaron este histórico engaño de una república virtual y sólo sostenida emocionalmente, serán los primeros en bajarse del barco y salir del edén prometido.
Ya lo verán esos mismos catalanes a los que se les ha mentido desde hace más de treinta años, verán cómo han jugado con sus sentimientos y verán cómo esos mismos catalanes perderán empleos, bienestar social, amigos y vida diaria en busca de un porvenir para sus familias.
Los mismos que comenzaron este histórico engaño de una república virtual y sólo sostenida emocionalmente, serán los primeros en bajarse del barco y salir del edén prometido.
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