domingo, 8 de abril de 2018

LOS CAMBIOS NO SON TANTOS EN LAS REFLEXIONES.























Siguiendo por el camino que ayer comenté – en el Marasmo – hoy
me pregunto si realmente no tengo un pensamiento aporético. Sería curioso conocer algún raciocinio que no lo fuera. Pero el caso es que así siento el mío. Recordando un ensayo sobre los Diálogos de Platón, me viene a la palabra si realmente un diálogo escrito no deja de ser diálogo o al menos un falso diálogo, pues éste tiene una fuerza viva que al encerrarlo en un corsé literario, se hace algo ya “culturizado” y por ello ausente de su viveza original. Lo original fue lo que dio vigor al aprendizaje griego y hay autores que están en la línea de afirmar que la escritura, en este caso el texto platónico, fue la sentencia de muerte del saber filosófico griego. De hecho, el propio Platón, en Fedro, se expresa con firmeza absoluta en contra de la “escritura” porque es la causa de la pérdida de la memoria colectiva, de toda costumbre o ancestros sociales heredados a través del tiempo.
Hoy, con la sociedad de la información, entre las radios y las televisiones, con la red como ocio o herramienta, con todo tan oído y tan visto, ¿estamos haciendo lo mismo que Platón plantea en Fedro? Me parece que con todo, y no por ser conscientes, dejamos bajo sospecha nuestras propias verdades, nuestras mismas dudas y certidumbres, nuestras “filosofías” a fin de cuentas, que por escritas hasta la saciedad se ejecutan contra sí mismas, igual que Penélope destejiendo cada noche lo que tejía en el día.
¿Se puede escribir contra la literatura sin contradecirse? Para salir
del paso se puede recurrir a la aporía y también a la paradoja, pero
esto será otro modo de afrontar la duda que hoy por hoy me está
carcomiendo.



Madrid, 11 mayo de 2009.

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